Y así, sin más llegó noviembre a la región
con todos sus fuertes vientos del sudoeste. Con toda esa humedad agobiante y
las tormentas repentinas de lluvia feroz.
Llegó noviembre y en su primera noche, desató una furia sin igual al
terreno. Las gotas de lluvia eran del tamaño del puño de un joven, la fuerza
con la que pegaba al suelo era desgarradora. Las ráfagas de viento sacudían al
mismísimo espíritu sacándolo del cuerpo helado. La noche era tan oscura que el
rostro era un olvido constante perdido en las lejanías de la naturaleza
viva…temblante, miedosa.
La madrugada nos encontró dormidos casi
muertos, pero aún así, la sonrisa afloraba en nuestros frescos rostros como un
reflejo que premeditaba un cielo con sol, sin nubes, de fuertes colores.
Cerca de mediodía el sol brillaba más de lo
normal. Los obreros, en sus trajes azules apagado, se acercaban caminando
abombados a la gran plaza Libertad para ver el desastre de la lluvia. Los trabajadores más jóvenes caían de
rodillas y tantos otros se sentaban al borde de la extinta escultura a llorar.
Se preguntaban por qué. Qué habían hecho, qué hicieron mal. Por qué Dios
permitía esto. En tanto los obreros más viejos, los experimentados consolaban a
los principiantes y pateaban algún que otro escombro del lugar para descargar
furias contenidas.
Pocos sabían del grado de importancia que
tenía la escultura muerta, es que pocos quedaban en el mundo.
La madre naturaleza se reveló contra Dios
cierto día, años atrás. No recuerdo el inicio, no tengo rastro del comienzo o
de las insinuaciones de esta guerra. Solo comenzó, y desde entonces hemos visto
miles de guerras y hemos sido mil millones y más los muertos. “las bajas”, “los
civiles”, “los daños colaterales de esta guerra”. Solo éramos un puñado de cientos en el mundo
concentrados en algún lugar de América Central. O pertenecías a Los Guerreros
de Dios, o era parte de la Resistencia de la Naturaleza, como yo, como tantos
otros compañeros que luchaban a mi lado y morían por vivir.
La Naturaleza quería al mundo, al planeta en
su vasto territorio y a unos cuantos hombres y mujeres para mantener cierto
equilibrio. En cambio Dios lo quería
todo. Todo el universo, la totalidad del imperio, la temerosa concentración del
TODO. Estaba convencido de un nuevo comienzo, de una nueva era. El amor que
poseía la Madre Naturaleza hacia este planeta era la piedrita en el zapato de
Dios, y esta porción de América Central, entre las Guyana, era la última
resistencia viva que quedaba. Europa estaba devastada, sin oxigeno. Asia estaba
hundida en un océano contaminado de sal en el que nada podía vivir. África
estaba seca, muerta, solo era una corriente de aire tibio. Oceanía era todo
fuego. América del Norte se había congelado, y tal era su grado de frío que si
ponías un pie más allá de estas Guyana te quedabas congelado. Con respecto a América del Sur, aún no
tenemos ideas concretas de lo sucedido. Hace algo más de dos años atrás
estábamos batallando en las costas Argentinas y vimos descender del cielo una
luz tan clara que nos dejó ciego, acto seguido de la ceguera parcial nos
desvanecimos y aparecimos en las Guyana reagrupados.
Según parece a Dios no le gusta perder, y
dicen, cuentan lo más sabios aliados de la Resistencia, que cuando los
Guerreros de Dios van desapareciendo y perdiendo terreno a mano de nuestras
tropas, Dios baja su mano desde el cielo y toca la tierra matando todo a su
paso. Pero qué gran sorpresa es saber que cuando Dios pone un dedo en la tierra
se debilita su poder en gran medida.
Parece ser que América Central es nuestra
última posibilidad. Tanto para nosotros como para él. Dios está debilitado, sabe que si pone una
mano en América una vez más, se destruye
todo, si, hasta él mismo.
A mediados de Octubre último, cerca de una
laguna improvisada por la Naturaleza en las adyacencias al centro de la Plaza
Libertad, logramos capturar a un Guerrero. Inmovilizamos su cuerpo con lianas
gruesas, amordazamos su boca con unas raíces gruesas y vendamos sus ojos con
gruesas hojas verdes. Lo tuvimos cautivo cuatro largas horas y así logramos
desbaratar el PLAN DE DIOS.
El Plan trataba acerca de un gran movimiento
oportuno para la construcción de su destrucción masiva. Dios mandó a todos los guerreros mayores y
jóvenes a la edificación en el centro de la Plaza Libertad de una gran
escultura de él, para luego bendecirla por sacerdotes devotos armados y orar en
ella lo más posible para así lograr hacer de ese punto estratégico el lugar
sagrado que posibilitaría a Dios poner un dedo sobre aquel monolito y no morir,
ganando esta cruel guerra que ya lleva unos cuantos años.
Nosotros, la Resistencia, nos conectábamos
con la Madre Naturaleza mediante los sueños, gracias a la ingesta de hongos
rojos y azules. Ella nos daba la fuerza, el coraje y los pasos a seguir. Nuestra única ventaja es que Dios necesitaba
de la Madre Naturaleza para sus guerreros, eso nos daría tiempo hasta el último
día de la construcción de la escultura. En cambio nosotros no necesitábamos a
Dios, hace tiempo aprendimos a vivir sin él.
El resto de Octubre, los días posteriores al
cautiverio del Guerrero, armamos guardias para espiar la construcción. Así se
nos pasaron unos cuantos días a la deriva.
Llegó Noviembre esta noche que pasó. El
temporal fue tan intenso que la escultura
cayó al suelo. El Plan de Dios se
frustró. Lo poco que habían logrado
levantar de aquella épica y descomunal escultura se desmoronó.
Con el
fuerte sol que nos regaló la Madre Naturaleza ese mediodía, nosotros
festejábamos nuestro parcial triunfo ante el llanto de pequeños obreros y
viejos guerreros que miraban al cielo.
Con parte de la tropa nos fuimos de festejos,
dejamos de vigilar la plaza y comimos hongos verdes. Los hongos verdes eran
para relajar el cuerpo, no podíamos entrar en trance con sus toxinas, pero nos
dejaba sedados por horas. Estábamos felices,
contentos. Nuestra única meta de ahora en más sería evitar que construyan la
escultura y cada tanto cargarnos a algún que otro guerrero, tan simple como
eso, cuestión de tiempo para que el mundo sea nuestro.
Toda la
Resistencia estuvo de festejo. Nos olvidamos de todo y nos drogamos por horas
con aquellos hongos, pero déjenme decirles algo: Dios es inteligente y sabio.
Cuando despertamos del coma de los festejos, más de la mitad de la Resistencia
estaba muerta, con disparos en sus cuerpos,
en posición de oración con rodillas al suelo y crucifijos en las manos.
Dios
había planeado todo desde un comienzo, desde aquel Guerrero que dejo en la
laguna para ser capturado y nos contará su plan hasta el descuido de dejar sin
protección su obra en la noche de la tormenta. Él bien sabia de nuestra
adicción a los festejos con hongos verdes. Aprovecho nuestra debilidad.
Al
caer toda la Resistencia bajo los efectos del adormecimiento, los Guerreros
destruyeron nuestra única plantación de hongos rojos y azules, aquellos que
nosotros usábamos para la comunicación con Madre Naturaleza.
Al
resto de nosotros nos tomó como
prisioneros. Nos sentó frente a las ruinas de la escultura y desde ahí en más
nos hizo mirar todos los días la reconstrucción de tal monumento.
Así
pasó Noviembre, con sus fuertes vientos y sus lloviznas cálidas que bien yo
sabía eran las lágrimas desconsoladas de la Madre Naturaleza. No había mañana
al mes que no me abalanzara sobre el suelo a besar la tierra en busca de su
perdón divino. No había noche que no
odiara el comienzo de noviembre, el inicio de toda nuestra última vez, la
finalización de épica escultura y su descomunal tamaño. Ahora mientras dos
Guerreros me someten de rodillas a tomar con mis dos manos un crucifijo de
madera quedo ciego a la luz viendo como baja la mano de Dios y posa su dedo en
la escultura destruyendo todo el mundo entero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario