viernes, 21 de junio de 2013

Épica y Descomunal

  Y así, sin más llegó noviembre a la región con todos sus fuertes vientos del sudoeste. Con toda esa humedad agobiante y las tormentas repentinas de lluvia feroz.  Llegó noviembre y en su primera noche, desató una furia sin igual al terreno. Las gotas de lluvia eran del tamaño del puño de un joven, la fuerza con la que pegaba al suelo era desgarradora. Las ráfagas de viento sacudían al mismísimo espíritu sacándolo del cuerpo helado. La noche era tan oscura que el rostro era un olvido constante perdido en las lejanías de la naturaleza viva…temblante, miedosa.
  La madrugada nos encontró dormidos casi muertos, pero aún así, la sonrisa afloraba en nuestros frescos rostros como un reflejo que premeditaba un cielo con sol, sin nubes, de fuertes colores.
  Cerca de mediodía el sol brillaba más de lo normal. Los obreros, en sus trajes azules apagado, se acercaban caminando abombados a la gran plaza Libertad para ver el desastre de la lluvia.  Los trabajadores más jóvenes caían de rodillas y tantos otros se sentaban al borde de la extinta escultura a llorar. Se preguntaban por qué. Qué habían hecho, qué hicieron mal. Por qué Dios permitía esto. En tanto los obreros más viejos, los experimentados consolaban a los principiantes y pateaban algún que otro escombro del lugar para descargar furias contenidas.
  Pocos sabían del grado de importancia que tenía la escultura muerta, es que pocos quedaban en el mundo.
  La madre naturaleza se reveló contra Dios cierto día, años atrás. No recuerdo el inicio, no tengo rastro del comienzo o de las insinuaciones de esta guerra. Solo comenzó, y desde entonces hemos visto miles de guerras y hemos sido mil millones y más los muertos. “las bajas”, “los civiles”, “los daños colaterales de esta guerra”.  Solo éramos un puñado de cientos en el mundo concentrados en algún lugar de América Central. O pertenecías a Los Guerreros de Dios, o era parte de la Resistencia de la Naturaleza, como yo, como tantos otros compañeros que luchaban a mi lado y morían por vivir.
  La Naturaleza quería al mundo, al planeta en su vasto territorio y a unos cuantos hombres y mujeres para mantener cierto equilibrio.  En cambio Dios lo quería todo. Todo el universo, la totalidad del imperio, la temerosa concentración del TODO. Estaba convencido de un nuevo comienzo, de una nueva era. El amor que poseía la Madre Naturaleza hacia este planeta era la piedrita en el zapato de Dios, y esta porción de América Central, entre las Guyana, era la última resistencia viva que quedaba. Europa estaba devastada, sin oxigeno. Asia estaba hundida en un océano contaminado de sal en el que nada podía vivir. África estaba seca, muerta, solo era una corriente de aire tibio. Oceanía era todo fuego. América del Norte se había congelado, y tal era su grado de frío que si ponías un pie más allá de estas Guyana te quedabas congelado.  Con respecto a América del Sur, aún no tenemos ideas concretas de lo sucedido. Hace algo más de dos años atrás estábamos batallando en las costas Argentinas y vimos descender del cielo una luz tan clara que nos dejó ciego, acto seguido de la ceguera parcial nos desvanecimos y aparecimos en las Guyana reagrupados.
  Según parece a Dios no le gusta perder, y dicen, cuentan lo más sabios aliados de la Resistencia, que cuando los Guerreros de Dios van desapareciendo y perdiendo terreno a mano de nuestras tropas, Dios baja su mano desde el cielo y toca la tierra matando todo a su paso. Pero qué gran sorpresa es saber que cuando Dios pone un dedo en la tierra se debilita su poder en gran medida.
  Parece ser que América Central es nuestra última posibilidad. Tanto para nosotros como para él.  Dios está debilitado, sabe que si pone una mano en América  una vez más, se destruye todo, si, hasta él mismo.
  A mediados de Octubre último, cerca de una laguna improvisada por la Naturaleza en las adyacencias al centro de la Plaza Libertad, logramos capturar a un Guerrero. Inmovilizamos su cuerpo con lianas gruesas, amordazamos su boca con unas raíces gruesas y vendamos sus ojos con gruesas hojas verdes. Lo tuvimos cautivo cuatro largas horas y así logramos desbaratar el PLAN DE DIOS.
  El Plan trataba acerca de un gran movimiento oportuno para la construcción de su destrucción masiva.  Dios mandó a todos los guerreros mayores y jóvenes a la edificación en el centro de la Plaza Libertad de una gran escultura de él, para luego bendecirla por sacerdotes devotos armados y orar en ella lo más posible para así lograr hacer de ese punto estratégico el lugar sagrado que posibilitaría a Dios poner un dedo sobre aquel monolito y no morir, ganando esta cruel guerra que ya lleva unos cuantos años.
  Nosotros, la Resistencia, nos conectábamos con la Madre Naturaleza mediante los sueños, gracias a la ingesta de hongos rojos y azules. Ella nos daba la fuerza, el coraje y los pasos a seguir.  Nuestra única ventaja es que Dios necesitaba de la Madre Naturaleza para sus guerreros, eso nos daría tiempo hasta el último día de la construcción de la escultura. En cambio nosotros no necesitábamos a Dios, hace tiempo aprendimos a vivir sin él.
  El resto de Octubre, los días posteriores al cautiverio del Guerrero, armamos guardias para espiar la construcción. Así se nos pasaron unos cuantos días a la deriva.
  Llegó Noviembre esta noche que pasó. El temporal fue tan intenso que la escultura  cayó al suelo.  El Plan de Dios se frustró.  Lo poco que habían logrado levantar de aquella épica y descomunal escultura se desmoronó.
  Con el fuerte sol que nos regaló la Madre Naturaleza ese mediodía, nosotros festejábamos nuestro parcial triunfo ante el llanto de pequeños obreros y viejos guerreros que miraban al cielo.
  Con parte de la tropa nos fuimos de festejos, dejamos de vigilar la plaza y comimos hongos verdes. Los hongos verdes eran para relajar el cuerpo, no podíamos entrar en trance con sus toxinas, pero nos dejaba sedados por horas.  Estábamos felices, contentos. Nuestra única meta de ahora en más sería evitar que construyan la escultura y cada tanto cargarnos a algún que otro guerrero, tan simple como eso, cuestión de tiempo para que el mundo sea nuestro.
  Toda la Resistencia estuvo de festejo. Nos olvidamos de todo y nos drogamos por horas con aquellos hongos, pero déjenme decirles algo: Dios es inteligente y sabio. Cuando despertamos del coma de los festejos, más de la mitad de la Resistencia estaba muerta, con disparos en sus cuerpos,  en posición de oración con rodillas al suelo y crucifijos en las manos.
   Dios había planeado todo desde un comienzo, desde aquel Guerrero que dejo en la laguna para ser capturado y nos contará su plan hasta el descuido de dejar sin protección su obra en la noche de la tormenta. Él bien sabia de nuestra adicción a los festejos con hongos verdes. Aprovecho nuestra debilidad.
   Al caer toda la Resistencia bajo los efectos del adormecimiento, los Guerreros destruyeron nuestra única plantación de hongos rojos y azules, aquellos que nosotros usábamos para la comunicación con Madre Naturaleza.
   Al resto de nosotros  nos tomó como prisioneros. Nos sentó frente a las ruinas de la escultura y desde ahí en más nos hizo mirar todos los días la reconstrucción de tal monumento.
   Así pasó Noviembre, con sus fuertes vientos y sus lloviznas cálidas que bien yo sabía eran las lágrimas desconsoladas de la Madre Naturaleza. No había mañana al mes que no me abalanzara sobre el suelo a besar la tierra en busca de su perdón divino.  No había noche que no odiara el comienzo de noviembre, el inicio de toda nuestra última vez, la finalización de épica escultura y su descomunal tamaño. Ahora mientras dos Guerreros me someten de rodillas a tomar con mis dos manos un crucifijo de madera quedo ciego a la luz viendo como baja la mano de Dios y posa su dedo en la escultura destruyendo todo el mundo entero.


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