lunes, 24 de junio de 2013

La Última Compañía

                          
            La habitación en penumbras disparaba sombras hacia los estantes de la biblioteca. Varios libros dejaban impregnado el ambiente de hojas amarillas, mientras que sus  diferentes formas y ediciones remarcaban un placentero paisaje que remitía a una calma de siesta, en un domingo otoñal.
            El escritor perdido en el ocaso de su vasta trayectoria, juntaba con sus pequeñas fuerzas los restos de cenizas de un cigarrillo mal apagado. Vislumbraba su cuarto entero hecho de madera barnizada y sentía un gozo apagado. Se encontraba solo.“Está bien” pensó “me acompañan todos estos libros”. Sin embargo, la soledad que sufrió en toda su vida, fue exitosa.
            Antes de la medianoche bebió una copita de jerez junto a la ventana. Bendijo a la luna con una copla que improvisó y ató su bata para sentarse en el sillón.
            Las campanadas de la iglesia dieron las doce exacta. El escritor se dirigía por última vez a su reconfortable cama vacía.
            Con sus pantuflas de antaño arrastrando por el piso, puso la mirada penetrante en el destello de algo asombroso. No podía creerlo, se tapó los ojos y se refregó con ambas manos. Ella, ella estaba ahí, sentadita de piernas cruzadas sobre la cama, esa cama que estaba destendida y desaliñada desde hace varios días. La muchachita vestía una camisola blanca, casi transparente. Llevaba el pelo suelto hasta la cintura, o al menos eso parecía y sus uñas, oh, sus uñas, que decir, eran largas y radiantes.
            El viejo poeta no concebía salir de su asombro, no podía creer lo que se aposentaba en su vieja guarida de maderas barnizadas.
            La joven comenzó a acercarse mientras la desnudez implícita era absorbida por el cuentista. En ese preciso momento y sin mayor temor a que la joven escapara del aposento, el escritor comenzó por revolver todo su escritorio. Sacó miles de papeles, notas y cuentos por los aires. No dejo estante ni biblioteca sin dar vuelta en aquella habitación. Por primera vez no le encontraba título a su obra.
           
Cansado de tanta búsqueda y atónito de tanta hermosura, de tanto arte que se encontraba frente a él, solo supo decir:
-         Y vos?... vos de que cuento te escapaste?.


            

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