No
tenía que volver, era dejarlo todo. No tenía que volver, y aún así, en ese
estado de completa negación, volví.
Qué exageración haber dejado caer semejante
obra de arte, ese rostro serio, esa perfecta geometría.
Volví, pero en seguida me arrepentí. Detuve
mis piernas que como motores viejos que son se pararon de golpe y con
violencia. Yo sabía, tenía bien en claro lo que significaba ese abrupto freno a
mis piernas. Era la duda, la simple y controversial duda de lo que iba a llevar
a cabo.
Esa cara merecía estar allí, había sido muy
degenerada. Siempre con miradas serias, siempre con palabras duras. Nunca una
sonrisa, jamás una mueca de vida. Pero no podía dejarla ahí…sola, en ese hueco
húmedo y blanco. No había forma que concordara con el resto de la mugre. Era una
pieza despareja, no llevaba el tilde de las demás.
No podía dejarla ahí, no merecía aquel lugar
que le di.
Puse nuevamente los motores en marcha (siempre
pongo en marcha algo que no quiero), y así fui, sin más, al cuarto de baño que
aún olía a patchouli y opium. Que aún olía a libertad.
Entré y cerré la puerta detrás de mí. Pase
por en frente del espejo y vi mi rostro. Me detuve y pensé.
Tan diferente en este rostro mío a los de los
demás, sobre todo al que en instantes iba a rescatar. Es diferente de una
manera especial. No buena, no mala, de una manera sin manera. De algo que no se
escribe ni se dice, pero que indudablemente esta allí. Si, como una molestia.
Si, como una calma absoluta. Un rostro diferente, que paga por los errores y
gana con las virtudes. Un rostro que deja sabores, un rostro sin olor, peludo,
curtido, con cicatrices y un rostro para el olvido-recuerdo. Un rostro deferente.
Miré mis ojos y los vi limpios, puros y
hermosos. Tomé valor y fui hacia el inodoro.
Al abrir aquella tapa, vi todo tal cual lo
había dejado hace algún tiempo, hace un par de horas. Estaba todo en su mismo
lugar. Todo aquello que me enferma, me retuerce y que me oprime los deseos.
Estaba toda la misma mierda en su lugar.
Estaba la corbata asfixiante del estúpido
trabajo de boletero en la terminal. Las ocho horas y media que me roban de un
trabajo en blanco mal pago. El viejo y el nuevo testamento que me regalan en
las esquinas los religiosos. Los soretes mal cagados de la mañana anterior que
me vendieron facturas vencidas al precio de hoy. La carta que hace tiempo le
escribí a Cristina Fernandez de Kirchner amenazándola con buenas ideas. Las intimaciones
de juicio del Juzgado de Faltas que recibo cada mes por las infracciones de
tránsito. Dos cigarros fumados hasta la mitad. El diario Río Negro y el
periódico La Comuna también. Los comerciales del Canal Diez, el Noticiero Diez.
Los bolivianos que colgaron patrióticamente su bandera en mi país cuando su
selección de fútbol le gano a la nuestra seis a cero. La tercera edad, la gente
mayor que en mi vida dice “yo a tu edad”.
El orgullo gay, el machismo y feminismo. Los fanáticos religiosos, las
iglesias y los mormones que golpean mi puerta justo en el momento que intento
cagar, hablar por teléfono o no hacer nada. Los pendejos y cirujas que me
asaltan desde las sombras o por detrás de los autos para pedirme limosna cuando
intento pasear tranquilo por el centro. Los doctores de la Clínica Roca que
mataron a mi abuela, la ambulancia del hospital que cuando sentía morir nunca
llego. El idiota que robo mi moto azul afuera del supermercado. Las drogas que
nunca consumí. El billete arrugado de cien pesos y la cabeza… la cabeza aún
bella, hermosa, perfecta de mi amada Eme.
Eme es mi musa preferida. Todavía luce
impactante con sus cabellos ondulados, su piel blanca, sus mejillas rosadas,
sus grandes ojos marrones y su perfume impregnado en la piel.
¡Qué equivocación fue!, Ella, ella para mí
era todo, pero también una mujer y a veces lo olvidaba. No podía ganar esas
guerras, me rendía temprano al llanto y al juego de ser un escritor bohemio.
Dejaba que el cólera me acabara por completo, pero a veces, muy pocas veces también
ganaba, y cuando ganaba esas batallas hacían de mi piel temporadas perfectas,
sonrisas perpetuas y un brillo en los ojos segador.
Ahora que todo eso ya paso, la veo ahí
metida, hasta el cuello de toda esa mierda. Qué error!, ¡qué equivocación fue!,
ese no es lugar para una princesa.
Una princesa vive en castillos o palacios. Se
rodea de gente con clase. Una princesa espera ser reina, espera a su rey. Una princesa
toma té y viste elegante. No es un buen lugar el inodoro para su cabeza.
¿ Por qué esta princesa vino a parar a la mierda?.
No lo sé, o si lo sé, pero es difícil de explicar o tal vez no siento las ganas
ni tengo la necesidad de contarlo, decirlo o escribirlo. Supongo igual que me
canse de perder contra ella, supongo que le quería dar un cierre a todo esto. Creo que ya no tenía más ganas de tratar de
ganar. Lo cierto es que ahora está ahí, junto con toda esa basura. Luce bella y
princesa.
Metí la mano en el hueco húmedo y saqué
aquello que fui a buscar. Bajé la tapa y tire la cadena, deje que agua se
llevara todo de una buena vez, deje que el agua se llevara toda la mierda que
me enfermaba al día. Cuando el agua empezó a calmar, aún algo temeroso abrí la
tapa nuevamente y verifique su interior. Todo se había ido por el caño. Quedo
todo limpio.
Di media vuelta sobre mí y en el armario
debajo del espejo tome el secador de cabellos para empezar a secar el billete
de cien pesos que había logrado recuperar. Su cara aún seguía allí, impresa
seria, sin muecas ni rastro de vida.
Salí de casa y caminé hacia el centro
mientras el sol empezaba a repartir sus rayos por toda la ciudad. El aire
entibiaba el suelo mientras algunos pajaritos entonaban melodías para
solitarios.
Al regresar a casa me senté al lado de mi
gato blanco Nefi con la bolsa de mandados que había logrado comprar con aquel
billete. Me serví un vaso de naranjas frescas, encendí un cigarro y me senté en
el sillón de dos plazas. Sonreí por lo bien que había hecho en rescatar esa
cara impresa en el papel, más aún sonreí por haber alquilado una película húngara clase b.
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