Sin
miedo, Estrelicia, buscaba por entre sus bolsillos el dinero de aquella
tortura. Si bien, su único y miserable ingreso monetario eran los hombres
vivos, aquel cuerpo gordo y peludo era una delicia de papeles verdes.
Minutos antes Don Gaspar, como era
conocido aquel muchacho, había estado bebiendo una suave copa de vino tinto de
alguna cosecha tardía para nada grata. Miró por entre su hombro derecho a una
bella señorita morena de pelos lacios hasta la los omoplatos, de una brillantez
abrumadora y con esos ojos grandes como la luna llena, profundos como el mar,
desafiantes como el mismo viento del sur. – Qué mujer!- se oyó decir.
Estrelicia era abogada, tenía
alrededor de treinta años pero aparentaba de veintisiete y solo había tomado
una mala decisión en su vida.
Don Gaspar manoteo a la morena, la
tomo por la cintura y clavando sus ojos en el cuenco de sus senos le habló
directo al oído dejando rosar esa sedienta lengua roja y mórbida en la oreja.
-
Esta noche sos mía, querida-
-
NO!, besos no- suplicaba Estrelicia ante
el calenturiento gordo.
El cuarto era vulgar, como el resto de los
cuartos de esta ciudad. El sur era frío a esta hora de la Patagonia Argentina y
un cuerpo acostado sobre un colchón sin sabanas era el calor necesario para
enloquecer.
La encargada de Estrelicia, Señora
Isolina, la “Madame” de la casona, llevo a Don Gaspar y a la pobre abogada a la
habitación trece. Don Gaspar se relamía sobando sus manos imaginando todo el
frágil cuerpo de la señorita. Necesitaba poseerla, su mente era aún más
perversa que de costumbre. Tenía una idea fija.
Para Estrelicia, su postor, solo era un
hombre más, parecido al resto, nada atractivo poco sensible.
-
Atendémelo bien, no seas guacha che-
susurro Isolina guiñando su ojo calor café pobre, por detrás de la espalda de
Don Gaspar.
-
Si Madame, si señora. Así será-
pronunció Estrelicia tomando las manos arrugas de Isolina que imaginaba la
catarata de billetes en su mostrador luego de consumado el acto.
A las cero horas del día martes tres de
Julio, Don Gaspar entraba al bar. A las dos de la madrugada entraba a la helada
habitación trece y a las dos y media de la misma noche entraba al infierno. Don
Gaspar era asesinado por las suaves manos de una joven morena.
Cuando Isolina se marcho cerrando la
puerta de aquel cuarto, el gordo dejó en evidencia su desnudo repugnante
sacando sus ropas de un solo tirón.
Entrando despacio a la cama dio un pequeño saltito, haciendo rechinar
las finas filas de maderas de la cama. Manoseando su miembro llamo a Estrelicia
al juego.
Estrelicia se acerco hasta sentir el olor
a transpiración que emanaba del cuerpo flácido y acaricio la piel con tímidos
movimiento circulares. Sus manos temblaban del asco.
Hace solo un año atrás Estrelicia se
recibía de abogada. Quiso, como toda mente joven probar suerte y el sur era el
lugar elegido para desplegar cuanta hermosura e inteligencia. La Patagonia era
el lugar para triunfar.
-
Quiero que me penetres!- refunfuñó Don
Gaspar.
-
Qué?, qué quieres qué?- se sobre salto Estrelicia.
Sus sueños de abogada habían muerto la
misma mañana que llego.
-
Dale pendeja, hazlo, mete tus manos.
Dame por el culo- Se enfurecía la grasa del gordo mientras no dejaba de sudar
largando vapor por el cuerpo y mientras se daba vuelta dejaba ver todo su culo
asqueroso, extremadamente grande.
Cuando por teléfono un hombre de media edad
la convencía que un estudio renombrado del sur quería sus servicios por el gran
curriculum y presencia, Estrelicia, dejo toda su vida en la capital y se largo
a la aventura.
Fue secuestrada y llevada en cautiverio
por caminos adversos con sus ojos
vendados. Ni siquiera pudo dar una bocanada de aire puro cuando bajo de
la traffic que fue contratada por la empresa, que una mano grande y pesada tapaba su débil boca. Todo fue un engaño. Una
trampa más.
No pudo saber que fue, pero hace tiempo
venía con esta necesidad. Por qué Don Gaspar?, Por qué él?. Aquel viejo no le
había hecho nada, solo era un consumidor más. Aún así tenía que ser la victima.
Se acercó dócil y en plena calma. Apoyo su
cuerpo en las grandes nalgas y con un certero movimiento de manos puso a la
cabeza de Don Gaspar a dar vuelta para luego caer junto al pesado cuerpo en
total desgracia. El asesinato era consumado. Ahora debía ir por la libertad.
Tomo los pantalones de su postor y reviso
cada bolsillo llenando sus manos con grandes fajos verdes. Olvidándose de su
total desnudez corrió por entre los pasillos rojos a oscuras, si bien era
evidente que pasos más adelante escucharía gritos y disparos esto no lograría retenerla…
es qué a caso , eso no valía la pena?,
LA LIBERTAD?.
Paso la puerta principal como un rayo en
la total y temida tormenta eléctrica. Sus piernas eran tan largas que cada
zancada la dejaba más lejos del infierno. Logro pasar el vestíbulo y el último
portal. Diez metros después del enrejado principal, en la profundidad de la
noche el escopetazo perturbó a los testigos del caserón.
A Isolina nada se le escapa. A la “madame”
del lugar nada le pesa, mucho menos veinte mil verdes.
A Don Gaspar nadie lo reclamó, su deceso
no fue advertido, era un fantasma sin familia que solo vivía para relamer sus
vicios. Estrelicia fue abandona en cuerpo en algún lugar del patio
trasero. Isolina se compró unas cuantas
cremas, dos vestidos de noche y lleno el tanque de combustible de su traffic.
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