Al amanecer, el sol totalmente renovado, revolea sus rayos
a la tierra con una suavidad tan especial que acaricia el alma. El perfume
matinal de cada nuevo día impregna las avenidas y las callecitas que aún sonámbulas
se dejan llevar a la vida.
Las flores de un pequeño canterito de cierto caserón
empiezan a asomar su belleza al cielo abriendo más y más sus pétalos al sol.
Casi al mismo tiempo, con un fuerte estirón en su cama y un suspiro fugaz, una
niña se despierta abriendo los ojos más bellos que vi.
Abre las ventanas de par en par y se llena
los pulmones de aire puro. Siente el perfume matinal y las risas de las flores
en el pequeño canterito. Sonríe mostrando sus dientes al sol y baja de su cama
de un salto. Corre por un largo pasillo saludando rápidamente a los habitantes
de aquel viejo caserón, que acostumbrados a esas corridas de la pequeña le
tiran un beso al aire que ella recibe siempre de pie a la puerta del patio.
La puerta que separa la casa del patio más
verde y colorido está abierta de Ton a Son. Da un paso hacia afuera y toma del
suelo una vieja regadera. Camina despacio por un caminito de hojas secas que la
brisa llevo hasta allí con una suerte de colchón para sus delicados pies.
La canilla la saluda salpicando unas cuantas
gotitas frescas en su rostro mientras llena la regadora con agua pura. Cierra
la canilla y pone sus pies en aquel colchón de hojas secas. El caminito siempre
llega al mismo lugar.
Un canterito es feliz en una parte de la
ciudad, en cierto lugar privilegiado, de un largo jardín verde.
La niña se pone de pie frente a las flores y
las saluda con una sola mano, entonces empieza a cantar, y las melodías de la
canción juegan con el agua que cae en forma de lluvia sobre las flores. Las
baña con agua, con mucha agua pura y fresca, no deja cantar, no deja de
sonreír. Vacía toda la regadora sobre el cantero y se arrodilla. Cierra los
ojos, y acerca su nariz al suelo. Su momento favorito es oler la tierra húmeda
y dejar que las flores le acaricien el pelo.
Se pone de pie y vuelve por el mismo sendero
de hojas secas, deja la regadora al lado de la puerta de afuera, como cada
mañana. Limpia las plantas de sus pies y su nariz manchada con barro con un pequeño
pañuelo de papel y se sienta a compartir la mesa, mirando por la ventana.
Afuera la ciudad aún se sigue despertando, y
el perfume sigue subiendo con el sol que cada tanto se deja tapar por alguna
que otra pícara nube.
La niña desayuna sus cereales preferidos
sentada en una silla de madera donde le cuelgan sus pies. Esta feliz, sabe que
le espera un día con aventuras afuera, más aún sabe que mañana por la mañana
podrá sentir el olor a tierra mojada nuevamente.
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